Un total de diez piezas integran la muestra sobre la relación de Granell con la urbe
Bajo el título Santiago de Compostela en la Fundación Granel l, la entidad que se ocupa de gestionar el legado del creador coruñés presenta una nueva exposición que pretende dar muestra de la fuerte relación de Eugenio Granell con la ciudad compostelana.
La muestra está formada en su mayoría por nuevos fondos adquiridos por la fundación. Algunos de estos pertenecían al legado de Amparo Segarra, esposa de Eugenio Granell, y otros son donaciones hechas recientemente por artistas surrealistas a la institución. De esta forma, se presenta a la figura del apóstol Santiago y a la propia ciudad en versiones muy diferentes, todo ello en una mezcla de arte étnico y de obras de diferentes artistas del surrealismo. Todas las piezas cuentan con algo en común a pesar de su diverso origen: tienen a la urbe o al Apóstol como protagonistas.
Como queda patente a través de su autobiografía Memorias de Compostela, visión orlada por estrellas, islas árboles y antorchas , el recuerdo de su infancia y adolescencia por las calles de Compostela estuvo muy patente a lo largo de su vida. Incluso durante su exilio en América, se reencontró con el mito de Santiago Matamoros a través de las culturas de los países en los que estuvo. Poco a poco fue adquiriendo representaciones de arte popular religioso sobre Santiago, creando así su colección de arte étnico.
Muchas de ellas forman ahora parte de esta exposición. Junto con obras del propio Eugenio Granell, de Luís López Gabú o de Guy Docornet, aparecen diferentes tipos de máscaras procedentes de Puerto Rico y de Guatemala. Las puertorriqueñas proceden de la localidad de Loiza-Aldea y están realizadas sobre una base de coco, en la que se tallan los rasgos de la cara. Se utilizan para las danzas que se hacen con motivo de la festividad de Santiago Apóstol en el lugar, representando una lucha entre dos personajes que representan a los moros y cristianos.
Las máscaras de Morería fueron adquiridas por los Granell en los años cuarenta en Guatemala. Se trata de tres piezas de gran valor, policromadas, del siglo XIX, representando cada una de ellas a un espíritu arquetipo en las danzas de los indígenas.
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